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La familia es clave a la hora de afrontar la modificación de las conductas violentas en menores

¿Y si mi hijo fuese un acosador?

¿Y si mi hijo fuese un acosador?

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Uno de cada diez alumnos asegura que ha sufrido acoso escolar (bullying) y uno de cada tres ha sido insultado por móvil o internet, según un estudio realizado por la ONG Save the Children sobre el acoso y el ciberacoso en España. Sin embargo, el informe también recoge la otra cara de la moneda: un tercio de los alumnos reconoce haber agredido físicamente a otro compañero en los últimos dos meses; uno de cada diez, haberlo amenazado, y el 50%, haberlo insultado cara a cara y el 25%, por las redes.

¿Mi hijo acosa?

Según un estudio de Educo, al 11% de los padres con hijos acosadores le costaría admitirlo o bien quitaría hierro a la problemática. El 56% hablaría con los hijos y que el 63% considera que es la escuela la que debe resolver este tipo de casos. Los padres lo suelen detectar tarde, cuando la dinámica de victimización ya está instaurada, los mecanismos que la mantienen funcionan a pleno rendimiento y la víctima ya está debilitada psicológicamente. Los primeros en detectarlo son la propia víctima, los padres de ésta o los profesores, que son los que lo ponen en conocimiento de los padres del agresor una vez ya ha sucedido alguna situación grave.

Los expertos alertan de que existen factores de riesgo que pueden llevar a los jóvenes a convertirse en futuros acosadores y que se pueden detectar previamente. Entre estos factores hay comportamientos violentos generalizados, impulsividad y bajo control, tendencia a romper las reglas, insatisfacción con la vida, tendencia al abuso de poder y dificultad de empatizar con otras personas.

¿Qué hacer?

Hay que frenar en seco la situación de abuso, que es una manifestación clara de crueldad y sadismo. Para conseguirlo, es necesario un tipo de sanción, ya sea verbal o académica, y si esto no funciona, en último término: legal, para que el joven rectifique.

El siguiente paso sería darle la oportunidad de pensar sobre su conducta y, por último, dar una respuesta clara de rectificación con cierta disculpa o reparación.

Uno de los aspectos más complicados para reconducir la situación es que el propio entorno familiar acepte la realidad y, por lo tanto, no minimice la gravedad de los hechos y los daños que puede experimentar la víctima.

Para evitarlo, según los expertos, es necesario que las familias hablen con el hijo sobre la situación detectada, pidiéndole que se ponga en el lugar de la víctima y planteándole posibles actuaciones para reparar los daños; informen de ello al centro en caso de que no lo haya detectado para proteger a la víctima y, por último, participen proactivamente en las medidas de conciliación que proponga el centro. No hay que quitarle importancia porque es un hecho grave, pero tampoco hay que estigmatizar y criminalizar un comportamiento que se puede acabar modificando.

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